
---Crónica
Urbana---
<<<Informativo Bogotá>>>
Todo
por Maiden
Varios
jóvenes esperan con ansiedad desde el fin de semana pasado
el concierto de la banda británica de heavy metal Iron Maiden.
Duermen en carpas que instalaron alrededor del Parque Simón
Bolívar con tal de conseguir una ubicación privilegiada
a la hora del magno evento. 60 mil espectadores aproximadamente
son los que verán hoy a las 8:30 p.m. la presentación
de uno de los grupos iconos del género.
Andrés Felipe Cardozo
Redacción D.D.
BOGOTÁ.-
La escena del metal en Bogotá no vivía un evento similar
a la llegada de Iron Maiden, desde mayo de 1999, cuando arribó
al mismo Simón Bolívar la banda estadounidense Metallica.
Por eso entre los amantes del heavy metal ha despertado tanto interés
y fervor el concierto que ofrecerá hoy la banda Iron Maiden,
que lidera Bruce Dickinson, quien desde 1975 impregna con sus líricas
el pensamiento y la identidad de sus fanáticos.
Bogotá
tiene su gran puñado de 'metaleros'; por eso desde que en
2007 se anunció la visita de la icónica agrupación
fueron muchos los que sintieron que un sueño realmente utópico
se les hacia realidad: "Desde que supe que Maiden venía
me busqué la plata para comprar la boleta, empeñé
una cámara y mi hermano me prestó otra parte.
También
me llamó un primo de Ibagué para que le consiguiera
varias entradas, porque iba a venir con su grupo de amigos",
dice Juan David Munera, quien duerme desde el pasado lunes en su
carpa de la calle 63.
Es
tal el furor por escuchar en vivo canciones como: "Prowler",
"The Prisoner", "Revelations", "Flash of
the Blade", "The Evil That Men Do" y "Fear of
the Dark"...que no solo llegaron personas de otras ciudades
del país sino de países vecinos como Panamá
y Ecuador.
"La
llegada de Iron Maiden representa mucho para nuestro país,
significa la apertura para que otras bandas vengan. Yo espero que
después de esto otros grupo se decidan a venir a Colombia,
me gustaría ver acá a Scorpions, a Ozzy Osbourne,
a MotorHead que creo que iban a venir...", comenta mientras
se fuma un cigarrillo Oscar Sánchez, de 22 años, quien
además aprovecha para enviar un mensaje a aquellos que desvirtúan
la cultura metal: "La gente ve al 'metalero' como el man que
busca problemas y como el man que busca peleas o anda metiendo vicio...
pero no. Somos personas como cualquiera pero con gustos distintos,
para la muestra un botón, aquí estamos acampando y
se respira un ambiente de fraternidad".
No
importa aguantar hambre, los conatos de lluvia son lo de menos,
el frío se combate con las prendas alusivas a Maiden y la
compañía inseparable de la noche dan más razones
para que la paciencia no se torne quebradiza y tener una mayor avidez
cuando salte al escenario Bruce Dickinson y diga con su resonante
acento británico: "¡Hi Colombia!"
"Estoy
acampando con mi hermano, nos turnamos, él va a la casa y
trae comida mientras yo cuido. Ahorita yo me voy para la universidad
y vuelvo a dormir aquí, las idas al baño no nos preocupa...que
más baño que toda esta zona verde. Y muchos dicen
que esta espera es algo tediosa, pero para mí no es así,
porque uno se entretiene con los vecinos, se inventa juegos...esto
termina siendo una aventura".
Todo
está listo para que empiece el tan soñado recital,
de los asistentes al considerado concierto del año, depende
que los empresarios sigan trayendo esta clase de bandas y que Colombia
se consolide de una vez por todas como país obligado cuando
las estrellas agenden sus giras por Latinoamérica.
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Profesión:
Prepago
Una
joven de 23 años, nacida en Fusagasugá y estudiante
universitaria le contó su historia en la prostitución
a Informativo Bogotá de Diario Deportivo
Por
Amada Rosa (*)
Especial para D.D.
BOGOTÁ,
D.C.-Soy
de Fusagasugá, Cundinamarca. Hace tres años llegué
a la capital para adelantar mis estudios universitarios. Hoy tengo
23 años y estoy en sexto semestre de ingeniería de
sistemas en una céntrica universidad bogotana.
Hace 18 meses aproximadamente me dejé llevar por una amiga
de la U y me dediqué a ser una de las que llaman prepago.
Johanna es una de mis compañeras desde primer semestre y
desde entonces la conozco. Ella empezó a comentarme sobre
su forma de vida y después de mucho insistirme, me convenció
para entrar a esa forma tan particular de ganarnos la plata.
Al principio tuve muchas dudas, pero en una tarde de jueves en las
que estábamos de rumba en los bares cercanos a la universidad,
a ella la llamaron para pedirle dos chicas y tras mucha insistencia,
yo terminé aceptando.
Recuerdo que esa vez salimos prendidas, habíamos tomado cerveza
y aguardiente, cogimos un taxi que nos condujo a Hacienda Santa
Barbara y ahí nos recogieron dos manes. Entramos a un bar,
seguimos tomando, nos pagaron 200 mil pesos a cada una y terminamos
en un apartamento por ahí cerca.
Al otro día amanecí al lado de un tipo que acababa
de conocer y con el que tuve relaciones sexuales. Desde ese entonces
y hasta hoy, ese es mi oficio, sin que mis padres obviamente se
enteren, ya que ellos me siguen girando dinero para pagar arriendo
y el semestre de estudio.
Después de caer la primera vez, ya me quedé en eso,
aunque en momentos de depresión pienso que tan pronto acabé
de estudiar y sea profesional me salgo y ya. Lo que pasa es que
uno se acostumbra a tener plata casi todos los días, a darse
gustos, a comprar cosas buenas y ese es el problema. Semanalmente
con buen trabajo me puedo hacer un millón de pesos y hasta
más, y solamente atendiendo un servicio diario.
Hace un par de semanas cuando fue puente festivo, nos fuimos a Melgar
con unos chinos que son ladrones internacionales. Estuvimos de sábado
a martes y nos pagaron a cada una 750 mil. Esos ya son conocidos
y no es que no la pasemos las 72 horas en la cama, sino que somos
acompañantes, vamos de rumba y a todo lado con ellos.
Eso sí, hay que ir bien vestidas, con algunas joyitas y estar
siempre con la sonrisa de oreja a oreja. Lo único prohibido
es ponerse uno a mirar a otros manes, ya que ese sí es un
problema serio. Y nos fue tan bien que hasta la semana anterior
nos mandaron a llamar por allá a Unicentro y nos regalaron
unos perfumes muy buenos, finos.
Los contactos para contratarnos los hacen generalmente con Johanna,
mi compañera, o directamente conmigo. Y la clave para eso
es tener tres líneas celulares de los diferentes operadores
como Comcel, Movistar y Tigo. Ahí lo llaman a uno, se define
el precio y toca ir hasta donde te citen.
Generalmente y con un tiempo prudencial en la actividad, ya tenemos
clientes fijos. Y no son cualquier 'indio' de por ahí de
la calle, sino gente bien. Si yo contará...
Tenemos amigos que nos llaman y que son abogados, contadores, gerentes
de banco, altos ejecutivos de compañías buenas. Incluso
a uno de ellos le di una hoja de vida y me va a ayudar a entrar
a una empresa para hacer prácticas relacionadas con mi carrera.
Tengo que decir que cuando no conocemos a los manes, en ocasiones
preferimos no ir. Eso por seguridad, porque de una u otra manera
se siente susto, ya que no se sabe con quién se va a encontrar
a solas. Por ahí hemos tenido algunos chascos y es mejor
prevenir, que lamentar.
Un par de veces ha sido mejor abrirse sin hacer nada, ya que por
pequeños detalles se intuye o que te pueden agredir o que
te pueden utilizar y después no pagar.
Claro que no todo es ganancia. También toca invertir en la
belleza, estar a la moda y ser medio sofisticada porque muchos por
aparentar, hasta te llevan a cocteles, grandes fiestas y toca pasar
como señoritas de alcurnia.
Esa es más o menos mi historia, que espero no vayan a seguir
las muchachas o jóvenes de Bogotá. Es cierto que la
plata es importante, pero existen otras cosas más relevantes
que el metal. Es complicado caer y decir sí, pero es el triple
de difícil salirse de esto.
(*) Nombre ficticio
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Epitafios
ajenos
Flor Navas heredó de su esposo una marmolería que
completa ya casi medio custodiando el Cementerio Central y en la
que se han hecho muchas lápidas, incluso la suya
Fabián
Mauricio Rozo C.
Redacción D.D.
Fabianrozo@diariodeportivo.com
BOGOTÁ,
D.C.-"Ese
aviso lo hizo mi hijo". Señala con orgullo mientras
sus ojos se hacen vidrio y las lágrimas resultan inevitables
al ver el 'San Carlos' grabado en esa piedra rectangular, uno de
los tantos recuerdos que tiene de dos seres queridos que ya partieron
y los cuales conformaron antes que un negocio familiar, una verdadera
tradición.
Flor Marina Navas quedó al frente de una de las marmolerías
más legendarias que bordean el Cementerio Central, luego
de que a su esposo, Carlos Arturo, un infarto se lo llevara a los
61 años. "El arrancó solo en el 63 con el negocio
y digo que solo porque yo le colaboraba en las tardes, cuando las
labores del hogar me lo permitían", recuerda esta mujer
que desde 1994 duerme sola en su lecho, pero aún así
dice ser De Maldonado, "porque yo no me firmo ni me siento
viuda".
De los siete hijos del matrimonio, el cuarto y que llevaba el mismo
nombre de su padre, fue el apoyo para continuar en el oficio. Lo
hizo según su progenitora "durante casi 15 años,
pero lamentablemente hace tres se me fue también". Un
adiós intempestivo que le hizo cambiar de planes "porque
yo compré la bóveda cerca de mi esposo para mí,
pero me ganó mi hijo".
Irónicamente, a ambos les hicieron las lápidas en
la marmolería que fue suya, o mejor como dice 'Doña
Flor' -todos en el sector le conocen y saludan así-, "es
y seguirá siendo de ellos porque esto es el fruto de su esfuerzo".
Pudieron ser las más lujosas o especiales, pero no, a las
dos les caracteriza la sobriedad porque "Carlos, el papá,
decía que cuando se muriera, no le fueran a colocar epitafios
ni nada por el estilo porque eso era hipocresía y por eso
tanto la lápida de él como la del hijo, tienen apenas
los nombres y las fechas, nada más".
Y al tenerlos tan cerca, no hay un solo día que deje de visitarlos.
"Todos los sagrados días, antes de abrir el local, paso,
les rezo y entre los tres seguimos al frente del negocito que es
duro y competido". Tanto que "pueden pasar semanas y meses
sin que se venda ni un florero siquiera".
¿La razón? "Mucha envidia", ya que "antes
la gente era más amigable o solidaria, en cambio ahora si
pido por una lápida 70 mil, al lado la dejan en 60 y unos
metros más adelante hasta en 50, entonces es una competencia
desleal que no beneficia a nadie y sí perjudica a muchos".
De todas formas, dice "conformarse con lo que mi Dios nos da"
y nunca le falta para completar los "106 mil pesos de arriendo,
fuera de los servicios de luz, agua y teléfono que hay que
pagar sagradamente".
Pero el cumplimiento que la distingue, no siempre se refleja en
la clientela. "Muchas veces la gente manda a hacer la lápida
con 10 o 20 mil pesos y nunca vuelve, prefieren perder la plata;
por ejemplo acá tengo la de Alejandro Avendaño que
ya hace cuatro años murió y jamás la vinieron
a reclamar".
Y a escasos centímetros, casi como un mostrario, se encuentra
otra que sí tiene dueña, pero no fecha de vencimiento.
"Yo hace rato mandé a hacer la mía, Flor Marina
Navas de Maldonado, Junio 12 de 1934".
¿Previsiva? ¿Pesimista? Más bien realista porque
"hace 10 años casi la estreno cuando me operaron del
páncreas en la San Pedro Claver del Seguro Social y estuve
durante tres meses en cuidados intensivos, entonces antes de que
me operaran y como me sentía malita, ya la tenía lista
y todavía ahí está".
Pero ahí no se detiene su peculiar intención. "Antes
ya he querido comprar el cajón, pero mis hijas no me han
dejado, me dicen que si estoy loca o qué, pero no, es simplemente
por dejar todo listo".
Igual le respetan su lápida y no le genera problemas como
a otros, por ejemplo "a la señora de enfrente que se
la llevaron detenida porque ella hizo la de Andrés Pastrana
Arango, este viejo que fue presidente, entonces le dijeron que era
una muerte anunciada y por poco se mete en un problema por eso".
Ella no ha anunciado la suya porque no le teme a ese momento, por
el contrario le respeta al ser "lo único cierto y verdadero,
pero que duele, duele mucho porque esta es la hora en que lloro
a mi esposo y a mi hijo".
Lo hace en medio de la soledad, el mármol, imágenes
religiosas, una pequeña estufa eléctrica y también
epitafios, los mismos que los dos Carlos nunca prefirieron, pero
que Flor ya tiene inscrito en su lápida... "La vida
no se mide por los años que vivimos sino por el amor que
brindamos".
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Una
pista para todos
En
la Autopista Norte, a las afueras de Bogotá, existe un escenario
perfecto para la práctica de competencias de karts: La Pista.
A ella acuden personas de todas las edades, desde profesionales
y aficionados a esta modalidad del automovilismo, hasta aprendices
que nunca han tenido la oportunidad de ponerse al comando de un
monoplaza de este tipo. Crónica de una tarde pasada por la
velocidad, los choques y la aventura
Daniel
M. Cristancho
Redacción D.D.
danielc@diariodeportivo.com
BOGOTÁ,
D.C.-.La
primera vez que me puse al volante de un carro fue a los siete años.
Estábamos en un descenso, mi papá había dejado
encendida la camioneta del abuelo con las llantas delanteras volteadas
a la derecha, de modo que ésta no se rodara al quedar truncada
contra el borde de la acera, mientras él alistaba algunas
cosas dentro de la casa antes de que partiéramos.
Y fue en ese momento cuando sucedió algo de lo que hasta
hoy no he podido reponerme: inquieto, quizás intentando imitar
a Papá, tomé el volante, di vuelta a las llantas como
el más experimentado de los pilotos, hasta que sentí
que la camioneta rodaba, primero lentamente y después con
un tanto más de impulso.
Al ver lo que sucedía, abandoné el timón, di
un salto por la puerta del copiloto y dejé que las cosas
siguieran su curso. Papá salió de la casa y lanzó
un grito. La camioneta había descendido unos cuantos metros
y se aproximaba sin más hacia el portón de una casa
vecina, en la acera de enfrente.
Afortunadamente -por una rara coincidencia que no puedo explicar-,
un desprevenido peatón que pasaba por allí logró
detener el recorrido de la camioneta con un ladrillo que llevaba
en su mano. Y la cosa no pasó a mayores. Por lo menos no
en ese momento, pues lo cierto es que desde ese día mi relación
con los carros y con la conducción quedó rota para
toda la vida, y entonces fui condenado a ocupar el lugar de copiloto
o acompañante por el resto de los días.
Por eso aún no sé cómo me embarqué en
la aventura de conducir kart, a la que fui invitado por un colega
hace pocos días. Al principio lo dudé, nervioso, con
una inmensa zozobra palpitándome en el centro del pecho,
pero al final acabé cediendo, tal vez porque también
era una forma de exorcizar pasadas culpas.
El lugar elegido fue La Pista, del Multiparque Bima, un escenario
ubicado en la Autopista Norte, a la salida de Bogotá, al
cual acuden desde expertos y aficionados de esta modalidad del automovilismo,
hasta principiantes que no saben qué es conducir un auto
de estas características.
La ansiedad casi no me dejó seguir las indicaciones preliminares.
Un auxiliar de la pista me puso un caso y me llevó hasta
el auto número 12, que era el que me había correspondido.
Los demás autos esperaban con sus pilotos en la zona de salida.
El auxiliar me explicó, además, que primero habría
una sesión de prácticas libres, luego otra de clasificación
y, finalmente, la válida.
Las instrucciones eran, en apariencia, sencillas: había un
pedal para acelerar y otro para frenar. Sin embargo, cuando salí
a la pista olvidé todo de golpe y mi único propósito
fue contrarrestar el constante temblor que provocaba el motor del
carro. Manejé despacio, tomando cada curva con prudencia,
mientras los demás carros pasaban a mi lado fugaces, inalcanzables.
Fueron cinco minutos eternos.
La sesión de clasificación que también duró
ese tiempo, fue muy similar, salvo por algunos choques que me provocaron
los demás autos. Los pilotos ahora peleaban palmo a palmo
la primera posición de salida, no daban ninguna ventaja,
mientras yo, menos nervioso, me limitaba a conducir bien y a no
estrellarme contra las barreras de neumáticos. Así,
sin saber cómo ni por qué, logré el décimo
mejor tiempo para la grilla de partida entre los once corredores
en competencia.
Aunque sea difícil de creer, el no ser último fue
una motivación extra. Me propuse a toda costa mantener mi
lugar y, por qué no, pelear por ascender algunas casillas.
Pero fue un propósito fallido. Ya en la largada hubo un nudo
de autos que frenaban y se chocaban en la primera curva, y fui relegado
al último puesto.
Intenté reponerme, busqué realizar algunos sobrepasos,
pero siempre era derrotado por la astucia de los demás pilotos
o por el devaneo de las mismas circunstancias.
Ya no recuerdo cuántas veces vi pasar a mi lado el auto número
2. Pero ésta era, sin duda, una mala señal. La competencia
fue todavía más complicada que las dos sesiones anteriores,
pues los espacios escaseaban y la sed de triunfo de los pilotos
era insaciable. Hubo choques, estrategias no tan limpias, hasta
que en una curva otro auto me golpeó por detrás y
fui a dar contra otros dos pilotos que habían colisionado.
El juez interpretó mala actitud de mi parte y fui sancionado
con una neutralización de 30 segundos.
De ahí en adelante mi objetivo fue uno solo, el mismo de
los que se saben lejos de cualquier posibilidad de triunfo: acabar
con decoro. Seguí conduciendo con cautela, los carros pasaban
veloces a mi lado, hasta apareció la bandera a cuadros y
supe que era el final. Entré a la zona de pits.
Cuando bajé del auto, un muchacho de overol azul me entregó
una hoja con los resultados: había sido último, con
tres vueltas menos que los demás y, por supuesto, sin ninguna
opción de subir al podio. Sin embargo, recordé el
incidente con la camioneta del abuelo y me sentí feliz, como
si hubiera llegado a mi propia cúspide, a mi propia cima,
pues para mí -sólo para mí-, yo había
sido el ganador.